Camino
por la calle. La luminosa noche me bombardea con psicodélicas luces
que ofertan la trivialidad hecha placer. Niego, no es placer lo que
busco. Prosigo el camino. Luz. Mis ojos se emborrachan del colorido
líquido con que los escaparates bañan a los ávidos paseantes.
Desenfreno. El paisaje que me rodea contrasta con el objetivo que
busco. No os he hablado de él; tampoco es necesario, todo a su
debido tiempo. Sigo caminando. Fiesta. Lujuria de viajes
psicotrópicos perceptibles en grandes agujeros negros por los que el
alma del viajero se refleja y en los que puede verse desnuda su
esencia. Pero hoy busco algo menos lascivo; más profundo y
abstracto. Continúo el camino. No me detengo en mi inexorable paseo,
en mi incansable búsqueda de lo inalcanzable, de lo inaprehensible.
Poco a poco la densidad de nobles luces con colores cálidos e
incandescentes disminuye permitiendo atisbar que el final de los
impuros escaparates de pecaminosas tentaciones no se encuentra mucho
más lejos que el siguiente callejón. No detengo mi marcha.
Tranquilidad. Las opacas nubes filtran los reflejos del día que no
es, oscureciendo mi mente mientras despido a los hijos de la luz y el
placer con una falsa mirada de envidia insana. Pienso: Pobres
herederos de la ahoridad social, nunca apreciarán lo efímero de su
existencia, igual que nunca comprenderán la suerte que tienen, esa
suerte que busco y anhelo desde hace siglos. Giro, mi camino ahora
transcurre solo. Oscuridad. Como si de ellos proviniera, el callejón
por el que deambulo tiene el color de mis pensamientos. Mis
pensamientos, mi mente, constituidos básicamente por nada, como todo
lo demás, salvo la causa de mi paseo, excepto mi objetivo. Ella está
formada por miedo, por esperanza, por fin; es la más anhelada dama,
incansable jugadora imbatida poseedora del tiempo. Y aquí está,
puedo percibirlo, el callejón rezuma su esencia. Lo siento. Ella
está aquí conmigo, aunque no la vea. Su ser invade el callejón. Lo
sé. Me observa, ha notado mi presencia, me ha reconocido; ella es el
callejón. Su figura esbelta se materializa ante mí. Sus blancas
facciones faciales me fascinan y sobrecogen.
-Por
fin. Hace mucho tiempo que te busco.
-¿Para
qué?
-
Ya lo sabes.
-
La
respuesta
es
la
misma.
-
Pero te necesito.
-
Sabes que no puedo.
-
Si no me llevas contigo…
-
¿Morirás?
-
Ójala.
-
Es imposible.
-
Mi vida no tiene sentido.
-
Ninguna lo tiene.
-
Si, hacia el final.
-
Tú elegiste no tener final.
-
Pero no en estas condiciones.
-
¿Cuáles pensabas que serían?
-
…
[Silencio]
-
Vuelve a casa, regresa a tu hogar.
-
No puedo, está nublado.
-
Algún día no lo estará.
-
Y, ¿a dónde voy? No tengo hogar, soy un viajante astral.
- Dicen que tu hogar está donde está tu corazón.
-
El mío está en ti.
-
No exageres.
-
Te quiero.
-
No es la primera vez que me lo dicen.
-
Es cuestión de muerte o vida.
-
Lo sé, pero ya escogiste tu camino, la suerte está echada.
-
Pero…
-
¡Cállate! Tú tomaste tu decisión, no puedes cambiarla ya. Huiste
de mí, como harían todos los hijos de la ahoridad si pudieran.
-
Sólo
yo
te
aprecio.
-
No es aprecio, es desesperación.
-
Desesperación de ver cómo marchas sin mí, de no probar tu dulce
beso definitivo.
-
Es lo que querías.
-
Ahora te quiero a ti.
-
Ya sabes que no es posible. Sé consecuente y disfruta la vida, si
aún hay algo de lo
que
no
estés
cansado.
Dicho
esto la dama se da media vuelta y cubriéndose la calavera con la
negra capucha, desaparece con su guadaña al hombro. Justo entonces
nuestra lunática vecina, aprovechándose de un agujero en la
opacidad celeste, proyecta sobre mi un rayo del día que no es,
sumergiéndome en un viaje astral anodino a través de las
grandes pupilas del universo hacia las que lo que está formado
básicamente por nada es atraído y en las que es transportado a otro
tiempo y otras circunstancias, que tampoco acabarán con mi problema.
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