domingo, 29 de enero de 2012

Another Christmas Tale


Era una noche fría de invierno, los tres hombres llegaron a la ciudad
vestidos lo más normal que pudieron, tratando de no levantar sospechas.
Como cada año. Miraron a su alrededor. La calle estaba vacía, bien. Cuando
llegaron a la primera casa se miraron. En sus caras se reflejaba la misma
pregunta de todos los años: ¿Podremos esta vez? Se acercaron lentamente
a la ventana, como quien no quiere avanzar por miedo al fracaso. Se
asomaron. -¡Mierda!-. Sus caras se volvieron al momento el más perfecto
reflejo del fracaso, el desengaño y la desesperanza.
-¡2310 ciudades!- dijo el más abundante en canas- ¡2310 con
sus innumerables casas, todas y cada una las hemos visitado y no hemos
conseguido nada! En todas había gente despierta, en todas y cada una
quedaba alguien rehuyendo el abrazo de Morfeo. ¿No duermen los hombres
ya?¿No existe el deber, el respeto a las tradiciones? Cuando empezamos
en esto la gente cumplía con su deber dejándonos hacer nuestro trabajo...
-Es cierto, de unos años para acá se ha extendido la costumbre de no
respetar las tradiciones- continuó otro mientras se sentaba asumiendo la
derrota-. Sólo piensan en ellos mismos, seguro que si tuvieran que cargar
con estos sacos y hacer nuestro trabajo no acabarían vivos.
-Sabes que eso no es justo -le cortó el anterior-. No tienen nuestras
cualidades, ninguno de ellos.
-¡Por eso! -exclamó el más joven mientras se levantaba de un salto-
Aprovechémonos de nuestros dones...
-¿Qué pretendes?-fue la respuesta de los otros dos, entre curiosos y
temerosos.
-Lo sabéis perfectamente-contestó dando un paso atrás-. Entramos por
aquí y mientras yo les 'duermo' vosotros dejáis la mercancía, es fácil. Antes
de irnos nos aseguramos que nadie pueda recordar lo sucedido y punto
final.
-¡No!-gritó el mayor- Ya hablamos de esto hace años.
-Pero hay un reparto que hacer -argumentó bajando la cabeza-. ¿Qué
haremos si no?
-Lo de siempre, volver a casa y esperar a que el próximo año haya suerte
-¿Es que nadie cree ya en nosotros?- dijo, y la pregunta sonó tan hiriente
que no pudo más que callarse.
Tras un incómodo silencio prosiguió. -Es que no entiendo esa manía de los
hombre de no creer las cosas que no pueden, o dicen no poder, probar,
sólo porque les parecen demasiado mágicas.
-Ni yo amigo Baltasar, ni yo.

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